Ante una situación de peligro, un incendio por ejemplo, el organismo responde poniéndose en estado de alerta, estresándose, preparándose para reaccionar, y activando el sistema nervioso y hormonal. El hipotálamo ordena a las glándulas suprarrenales que segreguen adrenalina y cortisol. Entonces el corazón se acelera y los pulmones también; los riñones y los intestinos se contraen; el hígado libera glucosa; el cuerpo suda para refrescarse, los sentidos se agudizan, las pupilas se dilatan… Todo un perfecto y coordinado engranaje, muy positivo para salvarnos del incendio.
Menos mal que nuestro organismo es inteligente y, cuando cesa el peligro, sabe volver a su estado normal. Todo se apacigua y vuelve a la calma.